por partes
Mi papá tiene gripa y ruego porque el virus no me llegue... Voy a tomar medidas, vitamina C, emulsiónscott y algo de distancia... nada de besito de buenas noches.
El bus se demoró mucho en pasar y cuando faltaban 10 minutos para las siete, aparece el borrador de las sillas duras y el aviso con letras fluorescentes. Me subí, me senté al lado de una señora con cara de malas pulgas. Curioso que las personas que estaban sentadas contra la ventana del lado derecho iban durmiendo, 5, una tras otra, profundas.
Caminé hasta el canal, estaba haciendo mucho viento. Caía una llovizna fina y helada. Llegué a la cuadra de los árboles de flores amarillas y pasé evitando pisar las florecitas que habían caído al suelo. El vigilante me pidió el carnet y casi no lo encuentro. Otro día que empieza como los otros. Encender el pc. Revisar correos. Abrir el día en el cuaderno con una lista de actividades para hacer. Leer blogs. Entregarme a los libretos viejos hasta que llegó un intruso.
Personaje alto, largo, flaquísimo, muy negro, casi azul, llegado de Buenaventura. Me dice que es escritor, que tiene una novela, me la cuenta: Una loca ninfómana con muchos amantes logra enamorarse verdaderamente de un hombre que termina infectándola con el virus del sida... y pare de contar... habla de huéspedes sin hotel, de esos que se incuban dentro de alguien como un alien o qué sé yo, habla de la situación de violencia de su departamento, dice que tiene hambre, que llegó a Bogotá con la plata que le dieron para el bus de venir hasta acá, dice que es un ser especial, tiene un ego de acá a pekín pero pide dinero para regresar a su tierra... habla perfectamente bien, sin acentos, sin comerse una sola letra y con unos términos que harían pensar que el tipo tiene alguna clase de educación. Le pregunté si leía y me dijo que la lectura no le gustaba. Este personaje tenía un comportamiento extraño, me puse nerviosa, le expliqué lo de siempre y traté de sacarlo de la oficina como pude.
El bus se demoró mucho en pasar y cuando faltaban 10 minutos para las siete, aparece el borrador de las sillas duras y el aviso con letras fluorescentes. Me subí, me senté al lado de una señora con cara de malas pulgas. Curioso que las personas que estaban sentadas contra la ventana del lado derecho iban durmiendo, 5, una tras otra, profundas.
Caminé hasta el canal, estaba haciendo mucho viento. Caía una llovizna fina y helada. Llegué a la cuadra de los árboles de flores amarillas y pasé evitando pisar las florecitas que habían caído al suelo. El vigilante me pidió el carnet y casi no lo encuentro. Otro día que empieza como los otros. Encender el pc. Revisar correos. Abrir el día en el cuaderno con una lista de actividades para hacer. Leer blogs. Entregarme a los libretos viejos hasta que llegó un intruso.
Personaje alto, largo, flaquísimo, muy negro, casi azul, llegado de Buenaventura. Me dice que es escritor, que tiene una novela, me la cuenta: Una loca ninfómana con muchos amantes logra enamorarse verdaderamente de un hombre que termina infectándola con el virus del sida... y pare de contar... habla de huéspedes sin hotel, de esos que se incuban dentro de alguien como un alien o qué sé yo, habla de la situación de violencia de su departamento, dice que tiene hambre, que llegó a Bogotá con la plata que le dieron para el bus de venir hasta acá, dice que es un ser especial, tiene un ego de acá a pekín pero pide dinero para regresar a su tierra... habla perfectamente bien, sin acentos, sin comerse una sola letra y con unos términos que harían pensar que el tipo tiene alguna clase de educación. Le pregunté si leía y me dijo que la lectura no le gustaba. Este personaje tenía un comportamiento extraño, me puse nerviosa, le expliqué lo de siempre y traté de sacarlo de la oficina como pude.
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